
Luisa Romero, cantaora y bailaora, hija del entrañable Rafael, fue contratada en un tablao de nombre "Caripén", allá por la calle Leganitos. El padre, que nunca paraba de contar las excelencias de su Luisa, me insistió varias veces en que fuéramos a verla. Aprovechamos un día que Rafael tenía descanso en "Zambra" y allá nos fuimos. Cuando llegó la actuación de su niña, resulta que una señora, sentada en la mesa de al lado, no paraba de hablar y hablar, y, además, en alto. Cansado de oirla me levanto un momento y digo:
- Por favor, silencio. Un respeto al cante.
Rafael casi se escondió debajo de la mesa.
- Pero, ¿que haces? ¿No ves que es Lola, la dueña, y que como me vea despide a mi hija?
En efecto, se trataba de la famosísima Lola Flores. Pero he aquí que la Faraona se vuelve hacia mí y me dice:
- Tié usté razón. Ya me callo.
Por supuesto no hubo represalias y Luisa siguió trabajando allí.