Sí me dice usted que los gañanes podían cantar en campo abierto mientras araban, puedo creérmelo. Incluso el labriego, sentado en el trillo para conducir a las mulillas, podía cantar en plena era. Más difícil se me hace pensar que nadie pudiera cantar con la cintura doblá y la hoz en la mano. No, no me imagino las tonadas de siega en pleno tajo. Tal vez se hicieran en los descansos (difícil, también, bajo el abrasador sol de nuestros campos), o más bien bien al atardecer, una vez finalizada la faena, o mejor aún a la luz de la luna y en las puertas del cortijo antes de retirarse a dormir.
Conozco pocas grabaciones de las tonadas de siega. Pedro Lavado nos dejó aquella letra que decía
Conozco pocas grabaciones de las tonadas de siega. Pedro Lavado nos dejó aquella letra que decía
Un segador segando
los trigos nuevos,
el sudor se secaba
con el pañuelo.
No la vamos a oír porque el modelo musical está incluido en esta tanda que grabó el maestro don Juan Valderrama:
A mí me gusta la siega
que tenga tres golpes buenos,
el almuerzo y la merienda,
y por la noche el dinero.
Un cazador cazando
perdió el pañuelo,
y luego lo llevaba
la liebre al cuello.
Debajo del sol que sale
tiene mi niña la cama,
sale el sol y la despierta,
sale la luna y la llama.
Si piensas que por eso
me das tormentos;
tú te quemas la sangre;
yo me divierto.
