Visitando mi cuaderno Cantando por Fandangos, ahora convertido en EL MUSEO DEL FANDANGO, podrán elegir entre doscientos cincuenta (250) artistas distintos para escuchar este estilo de cante.

jueves, 25 de junio de 2015

Cante Grande, Cante Chico y Cante Ínfimo

El polifacético escritor don José Carlos de Luna Sánchez (Málaga, 1890; Madrid, 1964) publicó en el año 1926 su libro De Cante Grande y Cante Chico. Obra muy popular y leída durante varias décadas, parece que fue echada a un lado con el desembarco en la bibliografía flamenca de González Climent y de la pareja Ricardo Molina-Antonio Mairena. La verdad es que el libro tiene su gracia pero no deja de ser un poquito endeble. Es curioso que lo más llamativo fuese el título. Mucho se ha teorizado después sobre la existencia o no de cantes grandes y cantes chicos, división a toda luz artificial que se ha resuelto y resumido con una frase ya tópica: "No hay cantes grandes y cantes chicos, sino cantaores grandes y cantaores chicos".




Muchos años más tarde, ya en pleno año 2009, los hermanos Antonio y David Hurtado Torres publican La llave de la música flamenca, libro polémico del que puedo decirles muy poco por mi ignorancia total de la musicología. ¡Demasiado técnico para mí el libro de estos dos profesores! De algunas cosas sí me entero y, a título más bien anecdótico, me voy a detener en una. Hablando del cante de la Milonga dicen los autores:


Y volviendo de nuevo a la cuestión del Cante grande y cante chico, si consideramos esas categorías cualitativas de los cantes en función de su contenido emocional, poético, y de las cualidades interpretativas de la persona que cante (o toque) una pieza musical, diremos respecto a las milongas (que por algunos flamencólogos son consideradas no ya como cante chico, sino como cante ínfimo) que tanto las argentinas como sus homónimas flamencas pueden alcanzar cotas poéticas tan altas -a veces cargadas de una melancolía desoladora- que pueden llegar a ser tan profundas como la mejor de las seguirillas o de las soleares. Cada cosa alcanza su valor según el contexto y las circunstancias donde se de.

¡Pues no está mal la cosa! Flamencólogos que tildan a las milongas de cante ínfimo, ¡casi ná! Y defensores, como los autores del libro, que dicen que las milongas pueden alcanzar la profundidad de la seguiriya o la soleá. ¿No estarán exagerando unos y otros? Por mi parte confieso que soy muy amante de la milonga pampeana que hacen los argentinos pero no tan entusiasta de la flamenca, salvo alguna excepción. Entre ellas un tema popularísimo: La hija de Juan Simón que, desde Manuel Escacena hasta Antonio Molina, fue pasando por voces como las de Angelillo, Marchena o Valderrama. Yo les traigo otra versión menos conocida. Canta La Niña de Linares y toca Ramón Montoya.

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