domingo, 20 de febrero de 2011

Ir de mamarones


(Estas líneas fueron publicadas en el número cero de Caños Dorados, Revista Cultural, Fernán Núñez, 2001. Llevaban la siguiente dedicatoria: "Para mi primo Alfonso Cañero Huertas, quien sabe de estas cosas más que nadie").


Nuestra lengua castellana, como cualquier ser vivo, se enriquece a diario con nuevos vocablos (neologismos), importados de otras la mayor parte de las veces, y con mayor abundancia si cabe de los anglicismos (neologizando por mi cuenta, yo hablaría de norte-americanismos) . Nuestra lengua se internacionaliza. Como sucede en la economía, tiende a la globalización impuesta por la nueva potencia imperial (U.S.A.).


Por contra, otros vocablos desaparecen (arcaísmos). Entre ellos, con más frecuencia, los llamados localismos. Pierden su razón de ser en esta aldea global en que vivimos. Pertenecen al pasado, pero bueno es que al menos no borremos de nuestra memoria su existencia.

Yo quiero hoy hablar de un arcaísmo, a la vez que localismo de nuestra campiña cordobesa.

Corrían los años cincuenta del pasado siglo y yo era un niño. Nuestro veraneo consistía en irnos al cortijo que mi padre José Raya y mi tío Francisco de Paula labraban en la campiña de Santaella/La Rambla. Un cortijo era, en aquel entonces, todo un mundo: el aperador, el casero, el pensaor, el yegüero, el porquero, los chanqueros y los zagales, los balcinadores y los ereros. Solían ser más o menos estables y se les había contratado personalmente por la Cruz de Mayo para la larga viajá que terminaría con la Feria Real de Agosto y, a veces, con la Sanmiguelá. Había otro colectivo, fundamental en esta época de recolección, formado por los segadores. Estos eran contratados en cuadrillas, unas veces de hombres y otras de mujeres, al frente de las que estaba su manijero o manijera, quien previamente había seleccionado a su gente. En total, más de sesenta personas, un mundo como digo, que convivíamos durante los dos o tres meses duros del verano cordobés. Las noches se solían amenizar, junto a la era, con cantes (todavía recuerdo los que hacían El Chivo -Gordito de Fernán Núñez cuando llegó a grabar discos-, Urbano Palma que, posteriormente, ha llegado a ser reconocido con un buen saetero, o un segador de Moriles, de cuyo nombre no logro acordarme, que cantaba muy bien las cosas de Antonio Molina).

Una tarde de alguno de aquellos veranos, en plena recolección, cayó una tormenta de las de asustar al más prevenido. Al día siguiente no se podrían segar los trigos mojados, por lo que sería día de descanso. Y he aquí, que aquel día la cuadrilla de jóvenes segadores no acudieron a la habitual cita de todas las noches. Se habían marchado en grupo.

- Papá, ¿dónde están los segadores?

- Niño, se han ido de mamarones. Volverán a media noche.

- Papá, ¿y qué es irse de mamarones?

- Mira, se han ido al cortijo X, aquí cerca, que tiene una cuadrilla de segadoras, porque alguien les ha dicho que esta noche harán fiesta...

Año arriba, o más bien abajo, ha pasado medio siglo desde esta conversación. Consulto con el Diccionario de la Lengua Española, 21ª Edición, Real Academia Española, Editorial Espasa Calpe, 1992, y transcribo lo que sigue:


mamarón (de mamar). El que fingiéndose tonto, procura participar de fiestas y agasajos en que no tiene parte. Ir a mamarones: Concurrir los trabajadores de una finca, sin previa
invitación, a los bailes, juegos o reuniones que se celebran en fincas próximas.


Como se ve, con la sola variante de que mi padre hablaba de ir de mamarones mientras que el diccionario dice ir a mamarones, la coincidencia es total.

1 comentario:

  1. ¿Cómo podríamos utilizar esta expresión en el siglo XXI -ir a mamarones- para que no se pierda?

    Voy a ver en que conversación la puedo soltar: "ir a mamarones", "ir a mamarones"..., que no se me olvide.

    Ahora no se cuela nadie en la fiesta de nadie.

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